Podcast.

Diáconos en servicio permanente

T4E160.

 El papa Francisco está impulsando un cambio en la forma en que se entiende el diaconado permanente, enfatizando su papel en la caridad y el servicio a los pobres, en lugar de verlo como un sacerdote de segunda clase. Busca recuperar las raíces apostólicas de este ministerio, que se centra en la entrega pastoral y social, sin dejar de lado su misión en el altar. El diaconado permanente tiene una doble dimensión: ser centinelas de la Palabra y servir al prójimo, especialmente a los más necesitados. Es fundamental revisar y actualizar los procesos de formación y discernimiento de los candidatos, así como clarificar qué se busca al promover este ministerio. Solo profundizando en su verdadera identidad, los diáconos permanentes dejarán de ser vistos como meros ayudantes en la liturgia y se convertirán en verdaderos servidores de la comunidad y de los más vulnerables.

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Portada del episodio t4e160 del pódcast de la revista VN.

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Sobre este episodio

 El episodio 160 del pódcast de la revista Vida Nueva dura , se titula Diáconos en servicio permanente y trata sobre la figura del diácono permanente; el papa Francisco ha insistido en no ver al diácono permanente como un sacerdote de segunda clase y pide recuperar las raíces apostólicas de este ministerio.

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 No te quedes sin acceder a su contenido. Aquí tienes la transcripción del episodio 160.

 Los episodios del podcast son largos, así que también lo son sus transcripciones. Este texto te llevará varios minutos de lectura; tal vez quieras dejarte cerca un vaso de agua por si lo necesitas antes de llegar al final.

Comencemos reflexionando un poco sobre el ministerio del diácono. El camino principal a seguir es el indicado por el Concilio Vaticano II, que entendió el diaconado como “grado propio y permanente de la jerarquía”. La Lumen gentium, después de describir la función de los presbíteros como una participación en la función sacerdotal de Cristo, ilustra el ministerio de los diáconos, “que reciben la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al servicio”.

  Esta diferencia no es insignificante. El diaconado, que en la concepción anterior se reducía a una orden de paso al sacerdocio, recupera así su lugar y su especificidad. El mero hecho de subrayar esta diferencia ayuda a superar la lacra del clericalismo, que sitúa a una casta de sacerdotes “por encima” del Pueblo de Dios. Este es el núcleo del clericalismo: una casta sacerdotal “por encima” del Pueblo de Dios. Y si esto no se resuelve, seguirá el clericalismo en la Iglesia. Los diáconos, precisamente por estar dedicados al servicio de este Pueblo, nos recuerdan que en el cuerpo eclesial nadie puede elevarse por encima de los demás.

 En los treinta años que pasaron entre Pablo de Tarso y el obispo Clemente de Roma, el diaconado se estableció en las diferentes iglesias cristianas de aquel entonces. Después, entre el segundo y el cuarto siglo, esta figura fue acumulando funciones y símbolos que se mantuvieron hasta nuestros días. Justino Mártir fue un filósofo del siglo segundo y, en uno (de los pocos) textos que se conservan, dice lo siguiente1:

Después de que el que preside haya dado las gracias y todo el mundo haya dado su consentimiento, aquellos a quienes llamamos diáconos le dan a cada uno de los presentes una porción del pan de la eucaristía; también vino y agua. Y a aquellos que no están presentes, les llevan una porción.
.

 Desde los primeros tiempos de la Iglesia, por tanto, los diáconos llevaban a cabo servicios relacionados con la Palabra, los sacramentos y la caridad. Durante los primeros mil años de la fe cristiana, el diácono fue un miembro activo y vital del clero. Algunos autores, de un modo parecido a lo que decía el papa Francisco, describen así a los diáconos2:

Un diácono no es un “minicura” ni un pastor, ni tampoco un medio-pastor o medio-cura, ni mucho menos es un sustituto del pastor o del cura y, por supuesto, tampoco es un “superlaico”. Un diácono es un ministro sagrado con sus especificidades propias. Un clérigo sin salario que se focaliza en la justicia social, la caridad y las necesidades comunitarias de los demás. En resumen, el diácono de hoy está profundamente insertado en el mundo pero no es del mundo, es un puente entre la Iglesia litúrgica y las preocupaciones del mundo, una voz que llama la atención de la Iglesia comunitaria a las necesidades y esperanzas del mundo
.

 Este servicio específico dentro de la Iglesia necesitará, por tanto, de sus vocaciones igualmente específicas. En Vida Nueva leemos sobre el diácono permanente Alejandro Abrante, de Tenerife. Y cuando habla precisamente sobre su propia vocación, dice lo siguiente:

Entonces no había muchas referencias, ya que, por ejemplo, en la diócesis solo había uno [diácono permanente].
.

 Esto, que podría parecer algo anecdótico, pone de relieve lo importante que resulta el testimonio en todos los niveles de la vida de la Iglesia. Sin otra gente que recorra el camino antes de nuestro propio tiempo puede pasarnos desapercibida la posibilidad de transitar opciones de vida que podrían ajustarse mucho mejor a nuestras inquietudes más profundas.

 La figura del diácono permanente puede quedar sepultada y olvidada si un obispo determinado así lo decide para su Iglesia local. Fíjate en estos números: En el año 2023, hubo 587 nuevos diáconos permanentes en los Estados Unidos. En España, con datos de hace un par de meses (mayo de 2024), hay un total de 572 diáconos. En Estados Unidos se ordenaron más diáconos en 2023 de los que hay en total en España.

 Cuando tomamos esas cifras y las ponemos una junto a la otra (sin perder de vista el tamaño de uno y otro territorio, siendo España unas 19 veces más pequeña que Estados Unidos), la proporción equivaldría a sumar unos 29 diáconos españoles en el mismo año que los 587 estadounidenses. Dado que la realidad diocesana se aleja de ese número, quizás sea lícito preguntarse si acaso alguno de nuestros pastores está dejando de hacer todo cuanto queda en su mano para promocionar e impulsar esta vocación concreta.

  Siguiendo ese pensamiento y sabiendo que hay un descenso generalizado de las vocaciones al presbiterado, ¿sería muy arriesgado asumir que habrá obispos que prefieran silenciar el diaconado permanente no vaya a ser que algún varón quiera optar por esta vía en lugar de vivirla como un paso previo al sacerdocio ministerial?

 Por suerte, nuestros pastores están bien iluminados por el Evangelio y seguro que tienen herramientas personales y emocionales para que esto no les pase. De no ser así, esa lacra del clericalismo que mencionaba Francisco seguiría enquistada en la vida de la Iglesia.

 Así, tanto si se mira al diaconado permanente como una especie de “medio-cura” o como una amenaza a las vocaciones sacerdotales, el fantasma del clericalismo seguirá acechando en cada esquina. En Vida Nueva, leemos el testimonio de Ramón Ollé, diácono permanente y delegado de medios del arzobispado de Barcelona:

Descubrí en esta época, la jubilación, la posibilidad de devolver todo lo que había recibido mediante un servicio sencillo como el de ser diácono. Debo decir que me resistí mucho, pues me costó entender que yo podía estar llamado a esta vocación. Que al final el Señor llama a quien quiere y esta llamada no podía ser descuidada de ninguna manera. Me rendí ante una evidencia: que si yo daba un primer paso y un obispo me llamaba, realmente se cumpliría la vocación y, tras cinco años de espera, fui ordenado.

 Sabiendo que hay quien ni siquiera conoce que la opción del diaconado permanente existe, ¿cuánta gente habrá visto pasar el tren del diaconado permanente y no pudo subirse a él? ¿Este tren tenía parada en todas las diócesis?

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En relación a quién estamos buscando, se trata de personas que sientan una llamada a una vida de servicio. Una persona de misión; alguien que reconozca que Jesús es un servidor y está dedicado a ello. Y lo mismo interna como externamente, de manera que la gente pueda decir: ¡Ey, ese es un excelente diácono! Tu párroco lo reconoce o incluso aquellos que no son católicos o que no saben nada acerca del diaconado; reconocen que eres una persona que va a estar al servicio y que siempre va a dar un paso al frente para hacer lo que se necesite. Algunas veces, serán más del tipo detrás de las cámaras. No es que no les guste estar delante de la gente, sino que se trata del tipo de persona que ve algo que se necesita y lo hace.

 En un seminario de Minnesota, Estados Unidos, el director de la formación de los diáconos, Eric Cooley, explicaba así algunas de las características que debería tener una persona que esté considerando la posibilidad de convertirse en diácono permanente.

 Quizás venga bien recordar que en la Iglesia Católica hay dos tipos de diaconado:

  • Diaconado transicional. Se trata del paso previo a la ordenación como presbítero; hombres célibes que durante un tiempo están en una parroquia en lo que equivaldría a las prácticas de una carrera universitaria.
  • Diaconado permanente. Hombres, célibes o no, que son ordenados como diáconos y llevan una vida distinta de los sacerdotes

 Algunas investigaciones estadounidenses llevadas a cabo entre 20123 y 20134 sugerían que habitualmente los diáconos eran rígidos y moralistas en exceso y que buscaban parecer perfectos. Además, añadían que daban respuestas muy defensivas. Al cuestionar los resultados de aquellas investigaciones, cabe preguntarse si no tendrían que ver con lo que decíamos antes acerca del clericalismo. Si se considera a una persona inferior a otra, su respuesta natural puede ser la de necesitar constantemente probar su valía, lo cual podría manifestarse de muchas formas distintas, según la personalidad que se tenga.

 Otros estudios2, por su parte, indican algo que mencionábamos en el episodio de la semana pasada, diciendo que muchos diáconos permanentes ponen en práctica un tipo de liderazgo que combina el modelo servicial y el modelo transformativo, estando al servicio de las necesidades de la gente y, al mismo tiempo, inspirándolas para que todo el mundo pueda dar lo mejor de sí mismo.

 Esto último tiene que ver con las palabras de Eric Cooley desde Minnesota. En su seminario preparan para el diaconado permanente, pero los aspirantes deben cumplir una serie de requisitos previos de los que deben ser conscientes. Se espera de ellos una vocación de servicio. Esta, además, no puede ir a su aire, sino que debe encajar en el marco de la diócesis y, a su vez, estar alineada con el resto de la Iglesia Universal. El arzobispo Joan-Enric Vives, le dice a Vida Nueva:

Es esencial que los diáconos no vayan por libre, ni se limiten a tareas litúrgicas, aunque sean muy importantes. La evangelización y la apertura misionera son objetivos esenciales.

[...]

 En varias diócesis ya se les encarga el cuidado directo de una parroquia, juntamente con el párroco sacerdote. Y en algunas Iglesias particulares se ha formado un equipo diocesano de diáconos que comparten las concreciones de su responsabilidad y que participan en la animación vocacional de otros laicos y, con sus esposas, dan un testimonio muy evangélico de caridad y de amor familiar.
.

 Hasta ahora habíamos venido hablando de los diáconos permanentes, su vocación al servicio y algunas características básicas. Llegados a este punto, aparece un elemento que debemos mirar en detalle. Dado que los diáconos permanentes son hombres que pueden estar casados, su servicio a la Iglesia tendrá un impacto directo sobre su vida familiar. Wendy Mejia, casada con un diácono permanente, dice así sobre lo que ello supone:

Es una bendición y es muy atareado. Hay mucho trabajo en la parroquia, mucho de hacer malabares; como mujeres sabemos cómo hacer malabares con todo. Es sobre todo equilibrar la vida en familia, el trabajo y también la vida religiosa.

 El diaconado permanente, por tanto, aparece diferente del presbiterado en esta misma cuestión. Cuando un hombre es ordenado sacerdote, su servicio a la Iglesia le afecta solo a él como individuo adulto e independiente que es. Al contrario, las atribuciones que reciba el diácono permanente, si está casado, van a ramificarse hasta alcanzar también a su mujer, hijos e hijas. La mayoría de explicaciones acerca del diaconado permanente indican que su mujer debe estar de acuerdo y apoyar su decisión.

 Nos podemos preguntar: ¿hasta qué punto la ordenación del marido implica a la mujer y cuáles son las responsabilidades últimas que ella asume? Esta cuestión no es menor, porque tiene que ver con la vida familiar más cotidiana. La limpieza del hogar, preparar la comida, atender a la descendencia, ir a la compra....

 Aquello de lo que hablaba Wendy Mejia acerca de hacer malabares tendrá que ver con todo esto. Porque, si no es así, si a lo que se refiere es a que es la mujer quien debe hacer los malabarismos, entonces nos topamos de nuevo con la barrera del clericalismo.

 Para la próxima Asamblea del Sínodo, no estaría de más echar un nuevo vistazo al capítulo 10 del Evangelio según san Lucas. Nada más empezar, dice que el Señor envió a setenta y dos discípulos que debían ir por delante de él5. Y los envió de dos en dos. ¿Cómo de loca puede ser la idea de instaurar la figura del diaconado matrimonial? Discípulos que, por parejas, se adelantan para ir en nombre del Señor y que regresan muy contentos porque dicen que hasta los demonios les obedecen.

 Lo que ocurre es que transitar esas ideas implica poner sobre la mesa una cuestión que viene inflamando las pasiones desde hace muchos siglos: Las mujeres y el acceso al ministerio del orden.

 Hace cuatro años, la religiosa Susan Rakoczy, de las Siervas del Inmaculado Corazón de María, escribió un artículo6 acerca de la ordenación de mujeres como diáconos que revisaba el estado de la cuestión hasta ese momento. Su conclusión era la siguiente:

Este artículo ha trazado la historia de las mujeres diáconos en la Iglesia Católica desde su evidencia en el Nuevo Testamento hasta los primeros siglos de la cristiandad. Las mujeres fueron diáconos y ejercieron su ministerio en diversos ámbitos. Pero, gradualmente, las autoridades de la Iglesia, varones, primero limitaron y luego suprimieron su ministerio.

  En el siglo XX cuando los movimientos para la ordenación de las mujeres comenzaron, varios documentos de la Iglesia dijeron no a la posible ordenación de las mujeres como presbíteros. Sin embargo, presbíteros y diáconos son distintos ministerios y en los últimos años el estudio ha continuado. El Sínodo de la Amazonía de 2019 hizo resurgir la esperanza de que las mujeres que lideraban las comunidades cristianas en el Amazonas podrían ser ordenadas diáconos. Sin embargo, el último documento del papa Francisco ha argumentado que las mujeres deben imitar a María en modos que sean propios de su condición de mujer, aunque ha propuesto que su ministerio podría tener cierto tipo de reconocimiento eclesial.

 Para las mujeres católicas con vocaciones al ministerio ordenado, su lamento es: “¿Cuánto más, o Dios, cuánto más debemos esperar?”
.

 Responder a esa pregunta le corresponderá a mentes más ilustradas. Lo cual no es impedimento para que surjan algunos planteamientos interesantes. Si echamos un vistazo a la historia antigua, nos damos cuenta rápidamente de que las diaconisas jugaban un papel diferente en las Iglesias de Oriente y Occidente7. En Oriente se había transmitido la tradición de que los cristianos siguieran apegados a las leyes descritas en el Levítico. En caso de que no lo recuerdes, el libro ofrece muchos detalles sobre todo aquello que las tribus de Israel debían considerar como impuro. Por ejemplo, si una mujer daba a luz a un hijo varón, quedaba impura siete días8. Si daba a luz a una niña, la impureza se extendía durante dos semanas9. No es difícil imaginar que crecer siendo mujer en un sistema de reglas como ese podía moldear con facilidad el pensamiento de que se era inferior al varón en todo. Las diaconisas de Oriente, por tanto eran quienes se encargaban de llevar la comunión a las mujeres confinadas en sus hogares que atravesaban un período de impureza, por ejemplo durante la menstruación.

 En Occidente, por el contrario, tenía más peso ese pasaje evangélico en el que una mujer con flujo de sangre toca el manto de Jesús10 y queda curada. Era Jesús quien debería haber quedado impuro por ese acto, sin embargo es la mujer quien marcha de allí sanada y limpia. Ello suponía que las mujeres estaban menos impedidas que en Oriente para acceder a la comunión y la vida eclesial.

 De aquí emerge una complicación de cara a los futuros razonamientos sobre si las mujeres accederán o no al diaconado. En las Iglesias orientales, la figura de la mujer diácono tenía sentido porque permitía asistir a las mujeres que se encontraban en un estado de impureza (no tenían permitido acceder al templo, por ejemplo). En Occidente, por su parte, las mujeres acudían junto a los hombres a recibir la Eucaristía. Con el tiempo, como hemos visto, los hombres eliminaron esta figura. La complicación deriva de la explicación última por la cual se permita o no el acceso de las mujeres al diaconado. Es decir, si resulta que hay diaconisas porque deben atender a las mujeres impuras, entonces poco habremos avanzado. Si tocar el manto de Jesús ya no limpia, ¿no habrá algo funcionando al contrario de como debería?

 Para ir cerrando este tema, vamos a echar una mirada rápida a algo que le dice el diácono Ramón Ollé a Vida Nueva acerca de lo que podría traer la próxima Asamblea del Sínodo sobre Sinodalidad con respecto al diaconado permanente:

Del Sínodo espero, por lo menos, tres cosas. Primero, que se llegue a comprender en toda la estructura de la Iglesia que el diaconado forma parte del orden en su grado y es un servicio ministerial al lado de los más necesitados, de la palabra y de la liturgia comunitaria. Segundo, que se haga hincapié en que el diaconado no somos medio sacerdotes ni monaguillos de lujo, sino que el rol del diácono debe ser el de establecer puentes y caminos entre el mundo civil y la Iglesia. Y tercero, espero que se abra un camino de acción fuerte para una plena colaboración con los diáconos como personas maduras y responsables que trabajen con libertad y con eficacia al servicio de lo que les es propio, aportando dedicación y conocimientos específicos en muchas áreas de gestión de las comunidades.
.

 Una de estas áreas que comentaba Ramón Ollé en Vida Nueva puede tener que ver con explorar caminos que habitualmente son poco transitados. Por ejemplo, en 202011, Glen Milstein y Joseph R. Ferrari decían que los diáconos permanentes pueden servir como puente entre los profesionales de la salud mental y las comunidades religiosas. Hablaban del modelo COPE.

COPE son las siglas en inglés de alcance del clero y compromiso profesional, un modelo que sirve como marco para cuando el clero busca consejo de los profesionales y cuando estos buscan consejo a la hora de trabajar con personas de comunidades religiosas.

Modelo COPE

 Sea como fuere, en los roles actuales o en los que estén por venir, el diaconado permanente no debería contribuir a la lacra del clericalismo que decía el papa Francisco. Descartar a una parte del pueblo de Dios, delegar lo cotidiano, adoptar posturas de defensa férrea u otras ideas de las que hemos comentado más arriba podrían contribuir justo a lo contrario, a enterrar los dones del Espíritu y a dejarlos inaccesibles para el mundo entero.

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citas:

1Justino Mártir, Primera Apología, cap. LXV.

2Ferrari, J. R., Vaclavik, D. (2016), The Leadership Style of Permanent Deacons: Servant and Transformational Middle-aged Ministers. North American Journal of Psychology, 18(1).

3Ashworth, B. J., Dilks, L. S. (2012), Psychological profile of diaconate candidates. Annual meeting of the Southwestern Psychological Association, Oklahoma, OK.

4Burns, J., Francis, L. J., Village, A., Robbins, M. (2013), Psychological type profile of Roman Catholic priests: An empirical enquiry in the United States. Pastoral Psychology, 62, 239-246.

5Lc 10, 1ss.

6Rakoczy, S. (2020), The ordination of Catholic women as deacons: The state of the question. HTS Teologiese Studies 76(2), a5965..

7Brown Tkacz, C. (2024), Deaconesses and Ritual Impurity. Nova et Vetera, Vol. 22, No. 1: 187-214.

8Lv 12, 2.

9Lv 12, 5.

10Mc 5, 25-34.

11Milstein, G., Ferrari, J. R. (2022), Supporting the wellness of laity: clinicians and Catholic deacons as mental health collaborators. Journal of Spirituality in Mental Health, 24(2), 172-190.

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